El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer

Yo soy un apóstata. Fui dejando atrás las creencias en las que me crié conforme le fui dando una oportunidad a la razón. No porque no encontrara respuestas a las dudas, sino por que sí encontré respuestas y nuevas preguntas. Cada vez creo en menos cosas, y eso me ha permitido comprender mejor ala gente que cuando la creencia en un  dios y su sistema religioso era prioritaria en mi vida. Y esto no sólo lo aplico a la religión, sino a todo aquello que no se toma la molestia de investigarse a si mismo sin miedo a refutarse. La leve molestia de  confrontarse con la realidad, que es el primer paso para darse cuentas de lo absurdo de muchos dogmas.  Pero no es esto de lo que qiuero hablar, esto es sólo para preparar el discurso.

La creencia en la transcendencia con toda probabilidad nace de la consciencia de la muerte. Y, como dice el título, cita de Mariano José de Larra, el corazón, entendiéndose como la parte más emocional de la psique,  necesita creer en algo para calmar nuestros miedos más primarios, para poder seguir adelante. Y si no lo encuentra, se lo inventa.  Yo, que creo en pocas cosas elijo mi mentira: elijo pensar que en realidad no estamos totalmente solos frente a la vida, y la muerte. Elijo creer que cuando estamos más decaidos, si nos tomamos un momento para escuchar podremos llegar a escuchar una voz que, sin ser nuestra, termina conviertiéndose en la nuestra. Una voz que nos recita todo aquello que que nos hace sentirnos bien, felices, que no simplemente alegres. Yo tengo mi propio mantra, mis razones para vivir, que un día debería actualizar. Y elijo creer que cuando me siento derrotado, alguien me las recita despacito directamente al corazón, sin pasar por el oído, y termino recitando mis razones con mis propia voz. Y funciona. Siempre.

Win Wenders lo muestra de forma genial en una de mis películas preferidas: “El cielo sobre Berlín” (Der Himmel über Berlin”, Win Wenders 1987) en dos escenas: La escena del hombre deprimido en el tren y la escena del motorista accidentado que se está dejando ir. En ambas Damiel, nuestro ángel protagonista les hace recordar sus razones. Aquí os dejo ambas escenas.

 

 

 

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