Tengo sólo cincuenta años

Lo digo así porque últimamente parece que cumplir 50 es algo parecido a convertirse en una estatua municipal: uno está ahí, todavía entero, más o menos reconocible, pero ya hay palomas haciendo planes.

No nací con Internet. Nací antes de que Internet fuera una cosa. Antes de que la palabra “nube” dejara de significar “eso que igual arruina la Semana Santa” para significar “el lugar indefinido donde una empresa americana guarda las fotos de tus gatos, tus facturas y, probablemente, la prueba documental de tu deterioro psicológico”.

Y sin embargo, tengo sólo 50 años.

Tenía unos 8 o 10 años cuando los ordenadores empezaron a entrar en las casas como entraban antes los muebles buenos: con cuidado, con solemnidad y con la convicción familiar de que aquello era carísimo y no debía tocarlo nadie que tuviera las manos pegajosas. Eran máquinas con las que uno no “interactuaba”. Uno negociaba. Cargaban cintas, hacían ruidos, se colgaban, mostraban pantallas negras con letras verdes y, aun así, parecían el futuro. Un futuro muy lento. Con muchos cables. Y con instrucciones en inglés que nadie entendía pero todos fingíamos entender porque tampoco era plan de reconocer que la revolución tecnológica había llegado a casa y estaba pidiendo RUN.

Tenía 13 años cuando cayó el Muro de Berlín.

Eso, dicho ahora, suena a documental de La 2. Pero entonces era televisión en directo, adultos serios diciendo cosas serias, gente subida a un muro, martillos, abrazos, Historia con mayúscula entrando en el salón mientras uno todavía tenía edad de preocuparse por los deberes, los granos y que en clase de gimnasia no le obligaran a saltar el potro. Cayó el muro y nos dijeron que el mundo se abría. Que empezaba una nueva época. Que la democracia liberal había ganado. Que la Historia se acababa.

La Historia, como era de esperar, no había sido consultada.

Tenía 15 años cuando desapareció la URSS. Formalmente, quiero decir. Porque la URSS desapareció de los mapas, de las banderas y de los telediarios, pero no estoy tan seguro de que desapareciera del todo de la cabeza de algunos señores con cara de haber dormido poco desde 1987. Hay cosas que no desaparecen: se reestructuran, se privatizan, se ponen una chaqueta nueva y vuelven diciendo que ahora son otra cosa. Como algunas empresas después de un concurso de acreedores. O como yo cada vez que intento hacer una dieta.

Tenía 18 o 19 años cuando Internet dejó de ser una rareza de universidades, laboratorios y gente con barba técnica, y empezó a convertirse en esa cosa que iba a cambiarlo todo. Y lo cambió.

Primero despacio. Luego de golpe. Como casi todo lo que importa.

Recuerdo los módems. Esa especie de ritual satánico doméstico en el que el ordenador llamaba por teléfono a otro ordenador y ambos se gritaban durante unos segundos como dos impresoras poseídas. Después, si los dioses eran propicios, entrabas en Internet. Entrabas. Esa era la palabra. Como quien entra en una habitación. Como quien cruza una puerta. Ahora no entramos en Internet. Vivimos dentro. Como inquilinos sin contrato. Como okupas emocionales de una infraestructura privada.

Tenía veintipocos cuando el móvil se convirtió en obligatorio. Al principio era libertad. Podías llamar desde la calle. Podías avisar de que llegabas tarde. Podías mandar un SMS cuidadosamente medido porque cada carácter costaba dinero y cada tilde era una decisión económica. Qué tiempos aquellos en los que uno pensaba antes de escribir. Ahora escribimos gratis, que es una forma muy eficiente de demostrar que el precio no era el problema.

El móvil prometía comunicación.

Nos dio disponibilidad permanente.

Luego llegó el smartphone, cuando yo ya tenía treinta y pocos. Y entonces el teléfono dejó de ser un teléfono. Se convirtió en cámara, agenda, banco, mapa, periódico, linterna, despertador, consulta médica, confesionario, oficina, supermercado, sala de espera, casino, álbum familiar, televisión, máquina de discutir con desconocidos y dispositivo portátil para comprobar, cada tres minutos, que el mundo sigue empeorando sin necesidad de nuestra intervención directa.

Nos dijeron que lo tendríamos todo en la palma de la mano.

Era verdad.

También la ansiedad.

Las redes sociales llegaron cuando yo ya tenía una identidad más o menos formada, lo cual agradezco. No porque mi identidad fuera especialmente sólida, sino porque al menos no tuve que construirla delante de una audiencia. Mi adolescencia no quedó registrada en servidores de California. Mis tonterías se perdieron en bares, aulas, carpetas, cintas TDK y conversaciones que no pueden ser recuperadas mediante una orden judicial ni mediante una búsqueda avanzada.

Eso es una ventaja generacional importante.

Nosotros hicimos el ridículo analógico.

El ridículo analógico tiene una dignidad que se está perdiendo. Uno decía una estupidez y, con suerte, la estupidez moría allí. En el peor de los casos sobrevivía en la memoria de tres amigos cabrones. Ahora una estupidez puede tener capturas, contexto, descontexto, hilo explicativo, vídeo reacción y un señor con bandera en el nombre pidiendo consecuencias laborales.

Tenía 25 años cuando invadieron Afganistán. Tenía 27 cuando invadieron Irak. Vi cómo el siglo XXI empezaba con la promesa de estar hiperconectados y la realidad de estar hiperbombardeados. Habíamos inventado la web, el correo electrónico, los foros, los buscadores, la mensajería instantánea, y lo primero que hicimos con todo eso fue retransmitir guerras en directo con gráficos más bonitos.

El progreso siempre ha tenido ese detalle.

Primero te enseña una maravilla tecnológica. Luego alguien pregunta si se puede usar para matar mejor, vigilar más barato o vender publicidad con más precisión. Y entonces la humanidad, que para algunas cosas es muy lenta, responde rapidísimo.

Tenía 31 años cuando empezó la crisis inmobiliaria y financiera. La edad perfecta para descubrir que todas esas cosas que te habían explicado sobre madurar, trabajar, independizarte, ahorrar y construir una vida tenían letra pequeña. Mucha letra pequeña. Letra pequeña redactada por gente que ya tenía casa, patrimonio y una extraña habilidad para llamar “ajuste” a lo que en cualquier barrio normal se llama hostia.

Nos dijeron que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades.

Qué frase.

Qué joya.

Qué monumento a la indecencia.

Yo no recuerdo haber vivido por encima de mis posibilidades. Recuerdo haber vivido más bien alrededor de mis posibilidades, mirándolas desde cierta distancia, como quien mira un escaparate sabiendo que no va a entrar. Pero al parecer todos habíamos pecado. Todos. El albañil, la cajera, el autónomo, el camarero, el becario, la señora que compró un piso en 2006 porque le dijeron que alquilar era tirar el dinero. Todos culpables. Curiosamente, los que diseñaron el casino salieron bastante mejor en la foto.

Tenía 44 años cuando llegó la pandemia.

Ahí sí que vimos cosas.

Vimos ciudades vacías. Vimos aplausos en balcones. Vimos videollamadas con fondos de cocina. Vimos expertos improvisados en epidemiología, logística sanitaria, derecho constitucional y panadería artesanal. Vimos a gente desinfectar paquetes de arroz como si acabaran de llegar de Chernóbil. Vimos mascarillas colgadas del retrovisor, del codo, de la barbilla y de la dignidad colectiva. Vimos a los mismos que llamaban héroes a los trabajadores esenciales volver a pagarles como si fueran decorado.

Y vimos, sobre todo, lo rápido que puede cambiar todo.

Eso fue lo importante. No que cambiara. Que cambiara en tres días.

Un lunes tenías una vida. El viernes tenías otra. Y el domingo estabas calculando si era legal bajar la basura con chándal, mascarilla y la mirada perdida de un personaje secundario en una distopía de bajo presupuesto.

Tenía 46 o 47 años cuando la inteligencia artificial generativa empezó a parecer de verdad. No aquella inteligencia artificial de “esta web usa cookies” o “también te puede gustar este producto” o “he detectado que has escrito Málaga, ¿querías decir Malasia?”. No. Esta otra. La que escribe, dibuja, programa, resume, responde, se equivoca con seguridad y pide disculpas con la misma serenidad con la que volverá a equivocarse treinta segundos después.

Una tecnología muy humana, ahora que lo pienso.

Y aquí estoy, con sólo 50 años, habiendo visto el PC doméstico, Internet, el móvil, el smartphone, las redes sociales, la inteligencia artificial, la caída del bloque soviético, las guerras televisadas, la burbuja inmobiliaria, la precariedad convertida en modelo de negocio, la pandemia, el teletrabajo, la nube, los algoritmos, los influencers, las criptomonedas, los NFTs, los newsletters, los podcasts, los vídeos verticales, los reels, los prompts, los asistentes virtuales y a gente adulta diciendo “hacer un unboxing” sin que se abra la tierra bajo sus pies.

Tengo sólo 50 años y he visto cómo el futuro llegaba varias veces.

Casi siempre con retraso.

Casi siempre peor maquetado de lo prometido.

Casi siempre acompañado de una suscripción mensual.

He visto máquinas que prometían liberarnos del trabajo convertir cada minuto libre en una oportunidad de productividad. He visto herramientas de comunicación convertir el silencio en sospechoso. He visto plataformas que iban a democratizar la opinión pública convertirse en máquinas de fabricar imbéciles con métricas. He visto bancos rescatados, trabajadores culpabilizados, alquileres imposibles, gurús con micrófono, políticos hablando de innovación desde webs que parecen hechas en 2004, y empresas que llaman “familia” a una relación laboral sin convenio emocional.

Y aun así, aquí seguimos.

Con más contraseñas que certezas.

Con más dispositivos que tiempo.

Con más información que criterio.

Con más memoria externa y menos capacidad para recordar por qué hemos entrado en la cocina.

Tengo sólo 50 años.

No soy viejo.

Soy una versión beta con mucho historial de cambios.

Me encanta como ha quedado este texto. Ojalá lo hubiera escrito yo. Es lo que una máquina ha decidido por probabilidad que yo diría sobre un tema después de leer todo mi blog. Y tiene razón. Eso es lo más sobrecoge. Ha escrito lo que siento mejor de lo que yo soy capaz, y como yo lo diría.

Pero no lo he escrito yo.

No va a ver release de esta beta.

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