Gritar para quedar a salvo… e incólume

Hay una vieja historia sobre un profeta que llegó a una ciudad con la intención de cambiar a sus habitantes.

Al principio la gente se detenía a escucharlo. Algunos asentían. Otros discutían con él. En cualquier caso, sus palabras encontraban oídos.

Con el tiempo dejaron de prestarle atención.

Un día nadie acudió a escucharlo.

Un viajero, sorprendido al verlo seguir predicando en una plaza vacía, le preguntó:

—¿Por qué continúas? ¿No ves que tu misión ha fracasado?

Y el profeta respondió:

—Al principio hablaba para cambiarlos a ellos. Ahora hablo para que ellos no me cambien a mí.

La primera vez que leí esta historia pensé que trataba sobre la perseverancia.

Con los años he llegado a una conclusión distinta.

Creo que habla del criterio.

Vivimos en una época en la que nunca ha sido tan fácil acceder a la información y, paradójicamente, tan fácil dejar de comprobarla. Nos acostumbramos a leer titulares sin abrir los artículos, a compartir frases cuya fuente desconocemos y a dar por ciertas afirmaciones simplemente porque las hemos visto repetidas muchas veces.

No suele ocurrir de golpe.

La pereza intelectual rara vez consiste en dejar de pensar. Consiste en dejar de comprobar. Un día renuncias a buscar la fuente original. Otro aceptas un dato porque lo ha publicado alguien en quien confías. Más adelante ya ni siquiera recuerdas de dónde salió esa idea; simplemente sabes que «todo el mundo dice que es así».

Y cuando alguien te pregunta por qué piensas eso, no recuerdas el razonamiento. Solo recuerdas la frase.

Es un cambio tan gradual que apenas se percibe.

No hace falta que nadie te manipule. Basta con que dejes de ejercitar el músculo del pensamiento crítico. Igual que un idioma que no practicas termina oxidándose o un instrumento que permanece años en un armario acaba desafinándose, el criterio también se deteriora cuando dejamos de usarlo.

Quizá por eso la respuesta del profeta me parece hoy mucho más profunda que cuando la leí por primera vez.

Él ya sabía que no iba a cambiar la ciudad.

Lo importante era no dejar que la ciudad cambiara la forma en que él buscaba la verdad.

Porque, al final, conservar el criterio no consiste en tener siempre razón.

Consiste en seguir haciéndote preguntas cuando los demás hace tiempo que dejaron de formularlas.

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