Es la tecnología la que resuelve los problemas, no la política.

conectado

A mi alrededor oigo crecer el rumor en el que se expanden como una onda los mismos miedos sobre internet, sobre la tecnología, sobre estar conectados, sobre los móviles que siempre hay frente a lo que es nuevo. La tecnología versus lo natural. Salvo que la tecnología es real y lo natural no existe.  A los que les sorprende el que alguien encuentre placer en vivir en mundos virtuales creados por la imaginación, les contaría que eso no es algo nuevo, que muchos hemos vivido nuestros mejores momentos en mundos que no existían más allá de nuestros sueños cuando la tecnología no permitía compartirlos con otros. Y que muchos antes que yo otros preferían sumergirse en los mundos que leían en sus libros, antes que conformarse con poder vivir  sólo su mundo real.

A algunos se les llena la boca con lo natural, y sientan cátedra con historias sobre los humanos antiguos y su unión con la naturaleza, con las capacidades que ha perdido el ser humano por desarrollar tecnología. Hablan de precognición, de telepatía, de empatía, al mismo tiempo que se quejan de la falta de intimidad, aun cuando ésto seria la consecuencia última de la precognición, de la telepatía y de la empatía.  Se quejan, mientras lo hacen, de que todo el mundo publica su vida en internet. Pero lo hacemos, los que se quejan también, por que todos tenemos la necesidad de que los demás sepan lo que sentimos y por eso les damos pistas. De eso trata el éxito de las redes  sociales.  No de la necesidad de saber del otro, del cotilleo, sino de la necesidad de ser encontrados. De ser comprendidos.

Se imagina que todos los humanos estuviéramos conectados a una conciencia común. Que pudiéramos sentir lo que sienten otros, ver lo que ven, comunicarse sólo con el pensamiento, a grandes distancias. Si pudiéramos ver las consecuencias de lo que hacemos, sentir los que nuestros actos provocan en otros ¿No seríamos más consecuentes? Ese estado de conexión telepática es la panacea que traería la paz al mundo. Pero en ese mundo no tendrías intimidad, apenas podrías tener un espacio para tí, y quién querría si la colectividad es la paz.

Y sin embargo, cuando la tecnología permite estar conectados pese a la distancia, conocer el dolor y el amor de lugares del mundo en los que jamás estarás en persona. Ver las derrotas y las victorias de gentes tan iguales como distintas a ti. Cuando la tecnología nos ofrece cada vez más rápido, acercarnos a esa utopia de conexión a esa conciencia común, en la que el dolor de uno fuera el dolor de todos y su logro nuestro logro. ¿Con que nos quedamos?  Con lo banal y superficial de mostrar sólo la fiesta, con el miedo a que descubran nuestros miedos. No compartimos vivencias o pensamientos para mostrarnos a nosotros, sino para crear frente al otro una imagen falsa, de marca.

Yo me conecto cada día  a esa conciencia universal. Veo como mueren y como viven otros en un maremagnum de información sin filtrar. Escucho sus gritos y sus risas.  Aprendo que no es justo y me indigno. Y vuelvo a la vida real de trabajo y relaciones, que en realidad es la más virtual. Y esto sólo lo permite la tecnología y sin ella somos aún más débiles frente a los que tienen el poder. Por que ya no pueden controlar como antes. Por que ya no es posible que nuestros Ministerios de la Verdad destruyan la información real, sólo les queda intoxicar, y eso les hace perder la mitad de su poder de manipulación.

Y eso no lo ha conseguido otra cosa que la tecnología. Ni el Dios de unos ni las revoluciones de otros, sino el lento goteo de los que buscamos que la tecnología nos complete y nos haga comprender que la respuesta está en la conexión real de todas las mentes, en ser conscientes de que todos estamos conectados, no metafóricamente sino como un hecho,  y que las consecuencias de nuestros actos individuales conciernen a todos.

Perdamos  el miedo a mostrarnos, renunciemos a la trampa de la intimidad,  y descubriremos que hay mucha más gente que piensa y siente las mismas cosas que nosotros.

Descubriremos que no somos únicos, ni estamos sólos.

La cita del título es de Jacque Fresco. La imagen de Matrix.

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