Odio este maldito frío que se cala en los huesos

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Odio este maldito frío que se cala en los huesos. Esta ciudad sólo tiene dos meses de invierno, que apenas pueden llamarse así. Pero tan húmedos que los huesos duelen como si les clavaras agujas. Llevo en esta esquina, frente al restaurante, casi media hora más de lo que había planeado y eso es una señal que no se interpretar.

Alicia ha sido uno de mis objetivos más interesantes. Una mujer madura, en la cincuentena, muy bella aún. Pero ajada. Como ropa guardada en un armario demasiado tiempo. Amarillenta de hastío. Había visto fotos de ella en la Universidad y era un auténtico bombón. Pelirroja, alta, inteligente y sensible. De buena familia, que fue lo peor que le podría haber pasado. Su matrimonio concertado nada más conseguir su grado en Historia del Arte,  con otro petulante hijo de nuevos ricos, de fabricado atractivo cortado al milímetro, convirtió a su familia en una de las más ricas de esta maldita ciudad y su maldito invierno. Dos hijos de aquel matrimonio. El mayor un imbécil descreído de todo, la pequeña una malcriada zorrita rica. Por supuesto ninguno tenía la mínima intención de hacer nada productivo en sus vidas. No les hacía falta. Ni se la hará.

Alicia era tremendamente infeliz, pero ciertamente tampoco podía quejarse: su alma fue el precio que pagó por su riqueza. La primera vez que la vi comprendí que éste sería un encargo delicado. Decidí inmediatamente que me tomaría todas la molestias que fueran necesarias. Mierda. Si tengo un tipo de mujer es éste. Qué podía hacer feliz a una mujer que podía comprar cualquier cosa.  Pasé bastantes días siguiéndola y documentando sus salidas. Mi trabajo lleva ese tiempo, hay que comprender al objetivo si todo ha de salir según lo deseado. En este caso fue monótono. Cuando otros llevan tu agenda tu vida consiste en dejarte llevar: gimnasio, sauna, tiendas de moda, galerías de arte, lecturas de poesía, carísimas fiestas benéficas. Y entonces llegó mi oportunidad. Me sorprendió que en esta vida tan organizada ella siempre tomara algún tiempo en la semana para sentarse a solas en aquella cafetería de tono clásico a tomar un capuchino y leer: Alicia devoraba esas novelas románticas de amores imposibles. Toda una historiadora del arte. No pude evitar cierta sonrisa, no lo habría imaginado. Pero me dejaba claro cuales serían mis siguientes pasos.

No fue difícil coincidir con ella en la cafetería. Ni tener una conversación, relajada y superficial, sobre la novela que leía que dejara ver cuáles eran sus fantasías vitales. No al menos a alguien acostumbrado a observar a la gente. Tampoco fue demasiado difícil sembrar en su mente la idea de que una persona debe encontrarse a si misma. Sugerirle que cualquier persona merece ser feliz, cumplir sus sueños y que nunca es tarde para reinventarse. Ahora que sus hijos, universitarios, no la necesitaban, ella misma debía ser su prioridad. Toda esa mierda. El pack completo. Me faltó citar El Alquimista. Soy buen conversador. Tengo una presencia amable que invita a la confesión. Anodino. De esos que nadie recuerda. Inofensivo como un eunuco.

Después de dejar que esa tertulia de tarde madurara en sus pensamientos y echara raíces, Alicia conoció a Ángelo en una de las galerías. Con un empujoncito de mi parte, claro. Un desconocido artista emergente italiano cercano a los treinta, pintor, guapo, cincelado en mármol el cabrón. Luca, que era su verdadero nombre, hizo bien su encomienda. Fue lo más tópico que pude encontrar. Ni hecho a encargo de una de esas novelas. Salieron un par de veces con la excusa de su obra y finalmente la llevó a este restaurante, tan romántico, en el que llevaban demasiado tiempo. Mis huesos chillan del puto frío.

Salen, por fin. Él restaurante no está lejos del taller de Ángelo. Y respiro aliviado al ver que ambos toman juntos esa dirección. Sin tocarse, sin dirigirse la mirada más que fugazmente. Como dos críos. Es empalagoso. Divertido. A paso ligero alcanzan el portal y suben al piso. Tal como estaba planeado pasaran la noche y casi todo el día siguiente teniendo sexo y Ángelo hará que Alicia pose para él. Es el acuerdo. Todo estaba previsto. Su marido en viaje de negocios. Con una ucraniana que le trae loco. Y sus hijos, sus hijos que más da, nunca notaban si ella estaba o no. Por fin podía irme a dormir calentito y secarme los huesos. Puto invierno.

Hoy es ya el momento de terminar el encargo. Al final pasaron juntos todo el fin de semana. Alicia  acudía al café, aunque esta vez sin libro. Es el momento de encontrarme con ella. Casualmente. Me saluda. Está radiante, ni rastro de amarillo. No dejo de sentir cierta punzada de orgullo ante mi obra. Nos saludamos cortésmente y le pregunto si todo va bien. Ella me contesta con un “estupendamente” que le hace brillar los ojos. Y me cuenta, sin entrar en ningún detalle, que nuestra conversación anterior le ha dado mucho que pensar. Que le han sucedido cosas. Que está pensando en hacer algunos cambios drásticos en su vida. Nos despedimos. Casi me da pena cuando le araño la muñeca con la pequeña aguja que llevo escondida. El dolor, casi imperceptible de por sí, va además camuflado en mi fuerte apretón de manos. Ella esta en otro mundo. No ha notado nada. Yo vuelvo a tener frío durante unos segundos.

Al día siguiente leo en el periódico la esquela de Alicia. El potente tóxico que le inyecté le paró el corazón unas horas más tarde de nuestro encuentro, ya en el gimnasio. Nada que no pudiera explicar su historial médico. Así son mis trabajos, sutiles. Compruebo en mi cuenta que la transferencia ha llegado después de pasar por los canales adecuados. Sin rastros. Luca volvía a Buenos Aires con un buen dinero en el bolsillo y la felicidad del ignorante. El marido tendrá su herencia y la libertad para casarse con la ucraniana que lo trae loco. Probablemente un próximo cliente será la ucraniana que lo trae loco, y el objetivo él. Al tiempo. No sería la primera vez. Ni sería ningún problema. Mi trabajo es el que es y siempre lo llevo a término. La muerte es un negocio muy serio, pero no hay por que ser cruel. Quizás Alicia recuperó su alma.  Al menos murió con la esperanza de que podría ser feliz otra vez. En algún lugar sin inviernos que calen los huesos.

2 comentarios en “Odio este maldito frío que se cala en los huesos”

  1. Miguel de Málaga

    Gracias Ana 🙂

  2. Ana Guzmán

    Excelente. La forma de presentar a los personajes, la trama que nada te lleva a sospechar el sorprendente final. El frío que voy sintiendo con él. Mi enhorabuena.

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