Usted no puede moverse de ninguna manera en el tiempo, no puede huir del momento presente.

Últimamente su vida se había convertido en algo parecido a una pesadilla recurrente: no dejaba de andar, de mantenerse en movimiento, sintiéndose perseguido por una sombra acosadora e incansanble y al mismo tiempo vislumbrando una salida real, una luz al fondo de un túnel de cristal translúcido, que siempre se mantenía a la misma distancia, como un horizonte inalcanzable, que, aunque servía para mantenerse andando, también le impedía tomar ningún otro camino de los que le parecía vislumbrar a través de las paredes de aquel túnel, o variar de sentido y dejarse atrapar por una sombra que, empezaba a comprender, era la suya propia. Lo único que le ayudaba a no parar eran las caras de esas personas que, sin apenas pedirlo, le animaban a seguir andando y que, tan a menudo como encontraban resquicios en esas paredes construidas de orgullo y rabia, le daban lo que podían a través de las pequeñas rendijas que inexplicablemente encontraban. Nunca podría agradecerles lo suficiente.

Una noche de sábado en la que perdió las fuerzas cerro los ojos, convocó a todos los diablos que supo nombrar y propuso su alma.

Eran las diez de la mañana de aquél domingo. Abrió los ojos y no comprendió lo que vio. Estaba en su dormitorio, pero no era su dormitorio. Tardó unos minutos en recordar el por qué de aquel orden y dónde estaba. Cuándo, mejor dicho. Abríó su armario para mirarse en el espejo tras su puerta y supo por qué se sentía más ligero y descansado. Tenía de nuevo 16 años. Era 1992. En su cabeza bullían juntos conocimientos de instituto que hacia años había olvidado junto a recuerdos de cosas que aún no habían sucedido. Salió despacio de su cuarto y se dirigió al cuarto de sus padres, para cerciorarse de lo que suponía: estaban allí. Sólo pudo romper a llorar. Su hermano también estaba allí, en su cuarto. Pensó que podría cambiarlo todo. Avisarles de todo lo que estaba por pasar, empezar ya los controles médicos que con tanta antelación seguro los salvarían. Pensó en todo lo que no haría esta vez y todo lo que no dejaría de hacer. No pasaba nada si cambiaba la historia, recordaba cómo conocería a la gente que le importaba y sabía como volver a encontrarlos. Y a quienes perder para siempre. Podría mantener lo mejor de sus vidas. Sabía exactamente qué errores corregir y cuáles volver a cometer.

Pero entonces le surgió la duda como una ola fría que te atrapa por sorpresa en la playa. En los pactos con el diablo siempre había truco ¿Cómo podría recordar algo que no ha pasado? ¿Y si el precio de cada error corregido fuera, cómo Bastian en La Historia Interminable, olvidar algo de su vida pasada? Futura. Si cambiaba su historia lo suficiente como para no conocer a alguien que quería mantener en su vida ¿Cómo podría recordar a esa persona entonces?

No quedaría de esa persona ni siquiera su recuerdo. ¿Eso importaba? No sentiría nada. No sabría siquiera qué estaba perdiendo. A quién estaba perdiendo. No habría dolor, nada parecido a lo que significaba tener de alguien sólo el recuerdo sabiendo que jamás volvería a verlo. Pero al menos de los ahora perdidos tenía ese recuerdo ¿No era eso mejor que nada?

Si no llegaba a conocerlos tampoco podría avisarles de sus pérdidas, de sus vidas. No podría decirles que no viajaran aquel día, que no cogieran aquel coche. No podría decirles cuándo y dónde la muerte les estaba esperando. ¿Y si elegía no salvar a sus padres? No corregir sus propios errores para volver a vivirlo todo, pero así salvar a los otros, volver a pasar el tormento de aquellos años. Pero ¿Qué derecho tenía a tomar aquella decisión por los seres queridos de los que se fueron? A cambiar sus vidas de esa forma. Sin duda les evitaría un gran dolor, pero ellos también dejarían de conocer a quienes amaban en esos momentos, que pro ahora aún existían, incluso a sus propios hijos en algunos casos. Tendrían otros hijos, pensó. Y él podría ser feliz. Si corrigiera todos los errores y no recordara nada de su vida actual ni siquiera lo sabría nunca como para poder lamentarlo. Pero ¿Y de aquellos a los que había influido para bien en su vida? ¿Había, de hecho, alguien cuya vida hubiera sido peor sin conocerlo a él?

Tenía que tomar una decisión, de alguna forma sabía que debía decidir cuándo despertaría al día siguiente. Aquel lunes. En 1992 o en 2019. Decidió pasar el día con sus padres: nada especial, charla, paella de domingo y sobremesa. No era consciente de cuánto los echaba de menos y de cómo los llegaría a necesitar en un futuro pasado. Al final del día, había tomado una decisión.

El despertador sonó aquel lunes. Él abrió los ojos. Miró atrás y vio la sombra, miró adelante y vio la luz. Se sentía pesado y cansado. Sonrió. Debía empezar ya el día o llegaría tarde al trabajo.

La frase del título es de La máquina del tiempo” (1895), Herbert George Wells Photo by Frank Busch on Unsplash

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